El Trabajo Corporal en Psicoterapia. Juan Carlos Egurzegui.

El Trabajo Corporal en Psicoterapia. Juan Carlos Egurzegui.

Introducción al trabajo corporal en psicoterapia

Juan Carlos Egurzegui Lorza

Nacemos con todo un conjunto de capacidades y habilidades que se han ido creando, desarrollando y perfeccionando a lo largo de milenios de evolución. A través de la experimentación, del acierto y el error, fuimos aprendiendo como especie humana aquello que funcionaba y era útil y aquello que no, que nos dañaba o que no servía. Y toda esta valiosísima información fue almacenándose en la gran memoria genética que transmitimos de generación en generación.

Nuestro organismo, es decir, todo yo, trae ya al nacer todo este cúmulo de experiencias que la naturaleza ha puesto a nuestro servicio para bandearnos en nuestra vida. Desde la concepción, todo el potencial de lo que podemos llegar a ser empieza a expresarse y desarrollarse mientras maduramos en el útero materno y luego, tras el nacimiento, a lo largo de toda nuestra vida. Toda esta potencialidad heredada aspira a desarrollarse plenamente en todas y cada una de las partes que somos. De manera que, por ejemplo, el hueso pretende llegar a ser plenamente hueso para así cumplir el cometido para el cual se creó: poder sostener el organismo, permitir su movilidad y protegerlo. El estómago pretende ser plenamente estómago y así contribuir a la digestión de los alimentos. Y el conjunto de los tejidos y órganos que soy yo, perfecta mente interrelacionados e integrados, pretenden llegar a ser… una persona que quiere vivir plenamente su vida.

Estas capacidades están en nosotros, toda esta información milenaria está a nuestra disposición para cuando la necesitemos. El cuerpo sabe; poseemos esta sabiduría interior. Si podemos conectar con ella y la escuchamos, nos guiará por buen camino.

De hecho, la mayor parte de todo lo que hacemos lo hace nuestro cuerpo él solito. Tendemos a creer que es nuestro intelecto (esa parte de nosotros, la última en evolucionar, que rige lo consciente y lo voluntario, analiza las situaciones y decide) quien toma las decisiones importantes, pero numerosos estudios recientes demuestran reiteradamente que la mayoría de las decisiones (más del 85 por ciento) y, sobre todo, las importantes (elegir pareja, por dónde ir en la vida, tener hijos…), son inconscientes. Es decir, las toma esa sabiduría interior, que es la que sabe lo que realmente queremos, nos importa y nos conviene. También se ocupa de que todo funcione bien, de que seamos capaces de procuramos todo aquello que precisamos, desde las necesidades más básicas hasta aquellas que nos definen como humanos, Es capaz de detectar aquello que falta y movilizar lo que es preciso para conseguir lo que necesito; procurando, en definitiva, mi bienestar. Toda esta capacidad autoreguladora está para nuestro bien, siempre que no interfiramos en su sano funcionamiento.

Nuestras capacidades perceptivas nos posibilitan ver, captar los aspectos más importantes para nosotros de los acontecimientos de la vida diaria. Podemos saber, mediante las sensaciones y las emociones, el grado en que nos afecta tal o cual situación; su importancia, que tiene que ver con nuestro presente y/o nuestro pasado; si nos agrada o no; qué nos mueve, etc. Es lo que E. T. Gendlin llama sensación sentida, o lo que entendemos en gestalt por fondo sintiente. Nuestro grado de contacto con este fondo perceptivo nos posibilita conectar, apoyamos más o menos en esta sabiduría interior.

Entiendo el trabajo psicoterapéutico como un medio para ayudar a la persona a volver a conectarse con todo este potencial, con su sabiduría corporal. Y para ello, es necesario incluir en nuestra labor terapéutica el trabajo con el cuerpo, lugar donde se atascan los conflictos que alteran el normal funcionamiento de nuestras capacidades, y que requieren intervenciones terapéuticas más allá del plano intelectual. Necesitamos profundizar lo suficiente para ir disolviendo los obstáculos que se interponen en nuestro bienestar.

Según Ida Rolf, para que se dé un verdadero cambio, ya sea por una terapia corporal como mediante psicoterapia, es inevitable que se produzca un cambio carnal, que se levanten las trabas energéticas, que el cuerpo pueda moverse con mayor soltura. De no ser así, los resultados de una terapia pueden ser ilusorios, fugitivos. Como dice T. Bertherat:

Las únicas terapias válidas (es decir, de efectos duraderos) son aquellas que cambian la estructura externa y la estructura interna; una no se mueve sin la otra, lo cual permite al paciente recibir él mismo nuevas informaciones utilizables cotidianamente, y facilita continuar evolucionando sin la intervención del terapeuta.

Los conflictos, las gestalts inconclusas, se caracterizan por tener dos manifestaciones, dos expresiones distintas. A nivel psíquico, se desarrolló en el inicio del conflicto un pensamiento o creencia que diera algún tipo de salida a la situación. Con el tiempo y la repetición, esta “solución” encontrada queda fijada en el inconsciente y la iremos repitiendo de manera automática cada vez que aparezca la situación conflictiva Es lo que llamamos introyectos. En el plano físico, el tejido corporal capaz de alterar el flujo normal de las necesidades es el tejido muscular: al contraerse puede frenar, inhibir, desviar los procesos naturales que el organismo tiene para dar salida a sus necesidades, Con el tiempo y la repetición se irán fijando ambas “soluciones”, que quedarán en el cuerpo en forma de tensiones musculares crónicas. Llegado un momento, se volverán inconscientes y automáticas, Ambos procesos, psíquico y físico, se desarrollan a la vez y se sustentan y potencian entre sí.

Teniendo todo esto en cuenta, a la hora de orientarme en el trabajo corporal me es útil ir respondiendo a una serie de preguntas que vayan explicitando el conflicto y cómo este se manifiesta en los planos físico y psicológico, Las respuestas no solo me orientan a mí en mi labor sino que, a su vez, permiten al paciente ir tomando conciencia de cuáles son los obstáculos que le dificultan su autorregulación. Veámoslo.

¿Quién origina y mantiene las tensiones musculares crónicas?

Al nacer, empieza un laborioso y metódico proceso de maduración de nuestro aparato motor. Vamos aprendiendo los movimientos que se requieren para satisfacer nuestras necesidades, El primer movimiento es girar de lado a lado la cabeza, lo cual nos permite encontrar el pezón materno y poder así mamar. Luego vendrán los movimientos necesarios para ir alcanzando objetos, gatear, andar de pie… Según madura el aparato motor vamos incrementando nuestra interacción con el medio, lo cual, a su vez, es un estímulo para nuestro crecimiento,

A lo largo de nuestro desarrollo, nuestro instinto nos orienta para ir coordinando los movimientos, Y cuando conseguimos (probando, por ensayo-error) a través de dicha coordinación, un objetivo, como coger el chupete, meterlo en la boca y chupar, lo repetimos y repetimos y lo perfeccionamos y almacenamos en la memoria motora. Al conjunto de movimientos coordinados para obtener un fin le llam amos patrón motor o patrón de acción.

Dado que el organismo no derrocha, no despilfarra la energía, sino que tiende a la economía de su gasto energético, tales patrones de acción se van a caracterizar por la eficacia a la hora de lograr su objetivo, Por lo tanto, eliminaremos aquellos movimientos innecesarios, y los que sí se requieren para la acción nuestro cuerpo los efectuará con el menor gasto energético posible, En la naturaleza nada es superfluo.

Como afirma Feldenkrais:

El desarrollo del bebé que va madurando (en la coordinación muscular para desarrollar una acción) va pasando de lo accidental —aleatorio—, agrupación indiscriminada de todos los actos, a lo organizado ordenado—, acción relativamente diferenciada. El proceso de orientación a través de este laberinto hace que el bebé comience a elaborar opciones individuales. No está previamente equipado con soluciones automáticas, sino que debe conquistarlas por sus propios medios mediante la experiencia y la deducción.

En nuestra maduración motora vamos pues aprendiendo a coordinar un conjunto de movimientos, a coordinar parte de nuestro cuerpo para desarrollar una acción, y eligiendo (por ejemplo entre las muchas maneras de coger el chupete, meterlo en la boca y chupar) una opción que es individual, propia de cada uno, y que, al repetirla, se almacena en la memoria y para irla luego llevando a cabo cuando sea necesario. Y todo esto, economizando energía,

Ahora bien, a nada que observemos cualquier actividad que realicemos cotidianamente, nos daremos cuenta de que añadimos una serie de tensiones que en absoluto precisa la tarea, Si reparo, por ejemplo, en cómo escribo o cómo leo, es probable que note cómo tenso los ojos más de lo necesario; o que aprieto la mandíbula (que no hace falta para leer o escribir); o que mi pie izquierdo está presionando contra el suelo lo en lugar de apoyarme en él; o cómo tenso el ceño; o la tripa (tampoco imprescindibles para leer o escribir) Si pongo atención en cómo estoy fregando los platos, o barriendo, o caminando hacia mi trabajo, puedo ir descubriendo un conjunto de tensiones  que están ahí y que no pide la acción que estoy efectuando,

¿Quién añade estas tensiones musculares innecesarias, que suponen un mayor gasto para hacer lo mismo y que perturban la propia acción? La respuesta es los introyectos: el conjunto de juicios, mandatos y prohibiciones que se han ido añadiendo a lo largo de nuestra maduración psicológica, y que alteran el normal funcionamiento de nuestro aparato motor. Se incorporan a las acciones como un virus informático que las perturba con sus propias intenciones, a la hora de llevar a cabo los movimientos.

Estos introyectos surgieron en nuestro proceso de maduración de las interrelaciones con nuestros padres y educadores. Sus exigencias, desaprobaciones y vacíos condicionan el normal desarrollo motor del niño, provocando distorsiones tanto de acciones concretas como del conjunto de su estructura corporal. Perturbaciones que, a base de repetición, se irán automatizando y persistirán, inconscientes, en la vida adulta.

En el trabajo con el paciente, estos introyectos se irán explicitando y haciendo conscientes poco a poco. Los abordaremos con el fin de ir desautomatizándolos y eliminar sus efectos negativos sobre el cuerpo.

¿Para qué lo hago?

¿Para qué estoy apretando la mandíbula mientras escucho al paciente?, ¿para qué hincho el pecho cuando camino por la calle?, ¿para qué flexiono los dedos de los pies mientras me encuentro con el vecino?, ¿para qué tenso la tripa en cualquier actividad que emprendo? ¿Cuál es la finalidad?

Ir contestando a esta pregunta cuando nos observemos una tensión muscular innecesaria nos irá diciendo cuál es la función que cumple, su significado, Poco a poco van surgiendo respuestas del tipo: «Para hacer bien la tarea», «para aparentar más fuerza», «para darrne seguridad», «para hacerlo perfecto», «para que mamá esté contenta conmigo», o «para que papá no se enfade».

La aprobación de los padres es mucho más importante que la comodidad corporal para un niño, que dirige todos sus esfuerzos a satisfacerlos, a fin de recibir su afecto y valoración. No dudará, en este empeño, en modificar su cuerpo lo que haga falta.

Como señala W, Reich, «toda rigidez muscular incluye la historia y la significación de su origen. Su disolución no sólo libera la energía, sino que también trae a la memoria la situación infantil en que se ha producido la inhibición». Su discípulo A. Lowen especificará que «cada forma de tensión muscular crónica ha de ser tratada a tres niveles: su historia y origen en la infancia, su significado actual en relación con el carácter del individuo, y su efecto sobre el funcionamiento corporal»,

El antiguo conflicto entre nuestras necesidades infantiles y las expectativas de nuestros padres sigue actuando en el presente. El proceso de ir haciendo consciente la finalidad de los introyectos y de las tensiones musculares crónicas contribuye a ir desactivando su automatismo, Nos vamos dando cuenta de que son los mecanismos con que el niño intentó conseguir el afecto de los padres, Y de que si en su momento permitieron alcanzar un cierto equilibrio, más o menos satisfactorio, en el presente no sólo son ineficaces sino que añaden dificultades a la hora de obtener lo que deseamos en el mundo de los adultos,

Todos tenemos una memoria motora (Keleman), La conexión entre los músculos y el cerebro es tan estrecha que permite memorizar el conjunto de las acciones musculares que realizamos para un fin concreto. Cuando aprendemos a gatear o a usar la cuchara, desarrollamos una serie de movimientos que, una vez conseguido el fin (digamos, usar la cuchara), se almacenan en la memoria para cuando volvamos a precisarlos. Quedan grabados junto con las emociones e imágenes que los acompañan. De manera que estas, al volver a experimentar las acciones musculares, pueden resurgir en nuestra memoria.

Esta íntima interconexión músculo-cerebro es la que nos brinda la sensación de contacto con la realidad: externamente, con las acciones del sistema muscular esquelético; e internamente, con la actividad de la musculatura lisa de las vísceras (sobre todo, del aparato digestivo) y del corazón. Contacto con la realidad y con nosotros mismos: nos permite sentimos y a la vez llevar a cabo las acciones con que satisfacer nuestras necesidades.

¿Cómo lo hago? ¿Cómo inicio y mantengo estas tensiones musculares crónicas?

Utilizando el tejido muscular, variando su tono para poder alterar la función motriz de uno o varios segmentos corporales, o de una emoción que tiende a expresarse.

El signo característico de cualquier organismo vivo es su capacidad de movimiento, y con este nos expresamos. La vida es movimiento, el movimiento es expresión. La persona se expresa con sus gestos, palabras, posturas, su caminar… y así se comunica, interactúa con los demás. Las emociones son movimientos de dentro a fuera que pretenden expresarse, y al hacerlo transmiten información valiosísima para nosotros (necesaria para poder entender y resolver la situación asociada), desahogan y nos comunican con los demás. Somos seres sociales, nos necesitamos, nos buscamos, nos comunicamos para aportar, recibir, enriquecer y enriquecemos.

Al expresarme me manifiesto, abro mi interior y lo comparto contigo. Pero a veces lo que soy, lo que manifiesto, no gusta, o enfada, o provoca rechazo, y me veo entonces inmerso en un conflicto entre lo que yo soy y tu desagrado o animadversión.

Cuando me hago adulto voy adquiriendo herramientas con que manejarme, buscar soluciones y encontrar un equilibrio entre lo mío y lo tuyo. Pero cuando somos niños, aún sin esos recursos, nos sentimos sin opciones. En la infancia, mis necesidades de apoyo, afecto y protección me son vitales; y si creo que cualquier aspecto mío puede poner en grave peligro la satisfacción de esas necesidades cruciales para mí, optaré sin dudarlo por suprimido o cambiarlo. Esta inhibición de partes de mí se verá acompañada del correspondiente introyecto, que la sustentará y mantendrá en el tiempo. Y llegado un momento, dicho conflicto y sus consecuencias pasarán al inconsciente y dejaré de percibirlo.

La inhibición afectará a distintas partes del cuerpo, y es a este conjunto de bloqueos a lo que W. Reich llamó coraza muscular. El tejido corporal que puede parar o frenar el movimiento es el tejido muscular.

El tejido muscular está constituido por células alargadas que se especializan en contraerse (y así, acortarse) y relajarse (alargarse). Gracias a esta cualidad, traccionan de los huesos y originan el movimiento o, mediante contracciones sostenidas de varios grupos musculares, permiten mantener las posturas (de pie, sentado…). Esto es lo que lleva a cabo el músculo esquelético estriado. Hay otro tipo de músculo menos especializado, que se llama músculo liso y que se halla en las vísceras.

El músculo esquelético recubre y envuelve los huesos y, a modo de un traje de neopreno, se adhiere al esqueleto formando un manto muscular de varias capas, unas más profundas y otras más superficiales.

Las capas profundas constan de músculos cortos, capaces de mantener contracciones en el tiempo, lo cual nos permite mantener las posturas, sostenernos en distintas posiciones. Los músculos de las capas superficiales son más largos y fuertes, y ejecutan movimientos y respuestas rápidas y de menos duración en el tiempo.

Los músculos estriados se organizan en pares antagónicos, de manera que cuando uno se va contrayendo (agonista), el otro se va relajando (antagonista). Esto permite controlar el movimiento, graduar la fuerza en función de las necesidades y ser precisos en la consecución del objetivo. Estos pares de músculos actúan en sinergia, coordinadamente, dando como resultado esa finura y elegancia que tenemos en los movimientos. Pueden ser controlados voluntariamente aunque desarrollan sus actividades, mayoritariamente, de manera automática, mediante los patrones de movimiento aprendidos. También son controlados por profundos reflejos programados, como el de huida, el del miedo, el antiálgico, el de caída, etc.

La musculatura lisa de las vísceras es involuntaria y está influenciada por el sistema nervioso autónomo. Está especializada es producir contracciones prolongadas que propulsan líquidos; como en el tubo digestivo, donde tal propulsión permite a los alimentos avanzar desde la boca a sus diferentes secciones, donde son gradualmente digeridos y asimilados, y los desechos, almacenados y posteriormente expulsados.

Ahora bien, como afirma S. Keleman:

Los músculos proporcionan el sentido de contención, control y acción sobre nosotros mismos y los demás. Cuando los músculos y su función se encuentran rígidos por el miedo o tensos por el desafío, hinchados en el falso orgullo o colapsados por la falta de apoyo, nuestro autodominio se debilita, nuestra autoestima disminuye y nuestro conocimiento del mundo se ve afectado.

Entonces, ¿cómo actúan los introyectos?

Las necesidades, emociones, motivaciones y deseos son fuerzas, impulsos que ponen en marcha poderosos mecanismos internos diseñados para dar salida, solventar, satisfacer. El único tejido que puede operar aquí es el muscular. A modo de virus informático, como dijimos, los introyectos interfieren en la función de los músculos, alterando esas pulsiones internas que en condiciones normales tenderían a expresarse plenamente. Y lo hacen solapando las funciones del músculo. Utilizan nuestras propias capacidades para modificarlas.

Se sirven la capacidad del músculo de tensarse para mantener esta tensión crónica (hipertonía), con la intención de parar (inhibir) los movimientos de determinadas partes del cuerpo. Una parte tensa es una parte que para un movimiento (el de abrazar, o de llorar, o de apartar a alguien…). Y utiliza la capacidad del músculo de relajarse y alargarse para desensibilizar o anestesiar un movimiento. Una parte flácida (hipotonía) es un movimiento deprimido (deprimir la respiración, por ejemplo, es una manera de sentir poco las emociones y sensaciones, a fin que no alcancen la intensidad necesaria para ser figuras y pudieran entonces poner en marcha la movilización corporal).

Ante un conflicto que no sabemos cómo resolver, cerramos la garganta para evitar que «algo» salga o pueda entrar, tensamos el diafragma para hinchar el pecho a fin de proteger nuestro corazón, tensamos crónicamente las piernas para reforzarlas ante la inseguridad de no sentirme capaz de sostenerme a mí mismo o de sostener la situación. O deprimimos la respiración o el vientre y con ello, sus sensaciones, a fin de no conectar, o insensibilizarme, con el dolor, el placer o el miedo.

Si cuando era niño me dijeron una y otra vez que no llorase, que llorar era de débiles, en algún momento aprendí a no hacerlo y para no hacerlo muerdo el labio, aprieto la mandíbula, contraigo la garganta, y así no lloro. Lo repito y lo repito hasta que consigo controlarlo. Y si aún no lo consigo del todo, contraigo más músculos: pongo rígido el cuello, tenso la tripa… hasta conseguir parar el llanto, El introyecto «llorar es de débiles» mantiene estas acciones musculares. Todos hacemos esto: poco a poco contraemos músculos y más músculos, hasta que dominamos lo que está queriendo expresarse; lo reforzaremos con el introyecto y quizá también con una imagen ideal de nosotros mismos, por ejemplo, una autoimagen de «soy fuerte». Con el tiempo simplemente termino haciéndolo, sin darme cuenta, automáticamente.

Siendo adulto puedo tomar conciencia de esta dinámica, preguntándome: ¿Cómo estoy parando el llanto? Y observando qué partes del cuerpo se contraen, puedo intensificar esas contracciones hasta percatarme plenamente de cómo cierro la garganta y aprieto la mandíbula.

¿Cómo estoy reprimiendo el enfado? Tal vez lo primero que note es que cierro las manos, Si las aprieto más puedo notar la tensión en los brazos y hombros y puede que también esté apretando la mandíbula y los labios, quizá hinchando el pecho y…

¿Quién está manteniendo estas tensiones musculares que introyecto? Quizás aparezca algo así como: «Eres un niño muy malo porque coges muchas rabietas». O: «Si sigues enfadándote así, nadie te va a querer». O simplemente: «Los niños buenos no se enfadan». ¿Para qué lo hago? Me puedo contestar algo así como: «Para no manifestar mi rabia», o «para que no se enfaden conmigo por enfadarme tanto», o «para caer bien a todo el mundo no siendo un niño malo».

El músculo obedece las órdenes que le dan, ejecuta las órdenes de los introyectos contrayendo o deprimiendo zonas de nuestro cuerpo y con el tiempo, como venimos diciendo, en automático, La toma de conciencia de esta dinámica permite ir encontrando vías, soluciones nuevas, resolver el conflicto que mantiene esclavo al músculo de esos parásitos que son los introyectos. Tensiones musculares e introyectos son las dos manifestaciones de los conflictos no resueltos: donde haya tensiones musculares crónicas habrá introyectos que las mantengan, y donde haya un introyecto habrá un grupo de músculos que obedezcan tensándose crónicamente,

¿Dónde se colocan esas tensiones musculares crónicas?

El mayor daño que sufrimos por no poder resolver los conflictos de la infancia es el daño emocional. Queda grabado en mi interior como una herida que no pudiera cicatrizar. La reaparición y activación continua de los conflictos en la vida presente reabre una y otra vez esta herida con el resultado de dolor, ira, miedo, tristeza.

Las emociones nacen en nuestro interior y se mueven hacia fuera, implicando a todo el cuerpo. El enfado surge de dentro y va hacia arriba tensando los puños, brazos, cuello, mandíbula, ojos y vientre, mientras la respiración se acelera, al igual que el corazón. Las piernas se flexionan ligeramente y se tensan. Todo está preparado para pasar a la acción, para responder a una agresión o parar al agresor, para defendernos de cualquier maltrato a nuestra dignidad.

La tristeza surge de lo hondo de nuestro pecho o vientre y se dirige como una ola hacia la garganta, boca, ojos. Y comienzo a llorar, y el llanto va dando salida al dolor y según sale y se desahoga me va informando, me permite darme cuenta de qué es lo que me está doliendo, si el dolor es de ahora o es viejo y repetido, de la intensidad del dolor y también pueden aparecer imágenes o recuerdos de las situaciones que son dolorosas para mí. La finalidad de la tristeza es desahogar el dolor y, sobre todo, que mi conciencia pueda tener toda la información posible de lo que me hiere, con el fin de conectar con ello y, una vez más, intentar la manera de solucionar la fuente de dolor.

Las emociones transmiten necesidades. La necesidad de recibir afecto en mi dolor, la necesidad de alejarme de lo que temo si no me siento preparado para afrontarlo, la necesidad de dar pasos en la resolución de lo que me enfada, la necesidad de compartir la alegría con los cercanos…

El conflicto que surgió con nuestras emociones o nuestras necesidades nos obligó a buscar la manera de frenarlas, y esto lo podemos hacer en cualquiera de las zonas de nuestro cuerpo que va atravesando la onda emocional desde su inicio en lo profundo de nuestro interior hasta expresarse exteriormente. Puedo intentar frenarla justo en su origen (vientre o pecho) o en sus salidas: por la garganta, cerrándola o apretando la boca para que no salga; o tensando los hombros y brazos para no empujar o abrazar, o tensando las piernas para que no salga mi protesta pateando el suelo. Y cuanto más bloqueada en su inicio, más desconectado estaré de la emoción o necesidad.

Bibliografía

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