Para qué hacer una Psicoterapia Gestalt

Para qué hacer una Psicoterapia Gestalt

Creo que todavía se sigue pensando que aquel que acude a una consulta de psicoterapia es porque la falta algún tornillo, es decir, que está un poco loco, que está tocado del ala. Si alguien está “mal de la cabeza” significa que no es como los demás, que tiene menos capacidades que el resto, que no es normal y, por lo tanto, alguien del que hay que apartarse, no sea que nos contamine con su problema. Es la misma actitud de rechazo que encontramos ante ciertos enfermos que padecen afecciones que son desconocidas y provocan un miedo irracional en los demás.

Este rechazo a lo no conocido contiene dos ideas de fondo: que, en el campo de la psicología, hay una línea que supuestamente separa lo que es normal de lo que no lo es, y el estigma de diferente, raro, anormal, para el que está al otro lado de la raya.

Cuando acudí a psicoterapia tuve que superar estas barreras iniciales y lo hice porque la necesidad era lo más importante en ese momento. Creo que la necesidad es el primer motor en el inicio de la psicoterapia que nos permite superar los prejuicios que aún existen ante el trabajo psicológico. La necesidad de algo más, la necesidad de encontrar la luz en la oscuridad y la confusión, la necesidad de contactar con otras personas a un nivel más profundo, la necesidad de dar sentido a la propia existencia.

La necesidad, la insatisfacción, son la energía que necesitamos para iniciar la búsqueda de nosotros mismos, de nuestro sentido propio y de lo que nos rodea. Porque esa es la esencia de la psicoterapia: propiciar un espacio donde cada cual pueda ir al encuentro de sí mismo. Aparece aquí el segundo elemento básico: el marco psicoterapéutico. En todas las culturas se crea un marco, unas condiciones básicas para acceder al fin que se pretende conseguir. La psicoterapia no es ajena a ello. Este marco es el que crean el paciente y el terapeuta en su relación.

Cuando comencé mi terapia recuerdo que mi mayor miedo era que si me abría y me dejaba hablar libremente el terapeuta se daría cuenta de mis fallos y limitaciones y seguro que tendría un juicio crítico y negativo. Mi sorpresa fue que no se me devolvía crítica ni descalificación, y que lo que decía era escuchado con interés. Ahora constituyen para mí los pilares de cualquier terapia: escuchar y no juzgar. Ser escuchado, sentirse escuchado, nos permite ser realmente sinceros con el otro, y al serlo con el otro lo somos con nosotros mismos.

El juicio negativo sobre nosotros o lo que hacemos es el mayor freno que nos ponemos, la mayor dificultad para avanzar en nuestro crecer personal pues este juicio siempre está pretendiendo que seamos algo perfecto, ideal, un modelo que nos fue mascado desde niños de lo que tenemos que ser.

No juzgar significa darle la oportunidad al paciente de que descubra quién es realmente y no lo que se supone que tenía que llegar a ser (según los padres, educadores, sociedad, etc.).

No juzgar también significa que el paciente puede ir descubriendo aspectos propios, cualidades genuinas que no necesariamente entran dentro del patrón social o educacional de lo que es “normal”. Lo primero que fui descubriendo en la terapia es que yo creía que tenía que ser lo que mi padre esperaba de mí. No sólo eso, sino que cada vez que no seguía los mandatos de mi padre me sentía culpable y me recriminaba duramente. Pero dentro de mí había otra parte que pugnaba por salir y que estaba fuertemente reprimida: esa parte era yo y no mi padre. ¿Qué es entonces lo normal, lo que mi padre esperaba que yo fuera, o ser realmente yo mismo?.

Escuchar también significa, para el terapeuta, dar un espacio y un tiempo para que el paciente profundice en su problemática. Dar un espacio para que el paciente tenga la posibilidad de encontrar sus propias respuestas, sus propias soluciones. Una manera de no querer oír al otro en nuestra sociedad es taparle la boca con algún consejo o tópico, para quitarnos así el problema y evitar reflexionar o poner en duda nuestras creencias y la intranquilidad que eso nos traería.

Por último, cabe reseñar que junto a la necesidad o el deseo (genuino) del paciente de profundizar en su autoconocimiento aparece en él otra fuerza, opuesta a su deseo, que trata de impedir que este deseo se cumpla. La llamamos resistencia y supone una tendencia de nuestro carácter a boicotear cualquier camino o profundización en nosotros mismos, fundamentalmente por miedo a lo que pueda aparecer, las verdades que se van a ir descubriendo o los cambios que las mismas pidan realizar en cualquiera de los campos de nuestra vida.

La disolución de la resistencia se ve facilitada por el propio marco terapéutico, y dentro de él el apoyo del terapeuta es básico, ya que el terapeuta es alguien que ya ha pasado por las dificultades que tiene el paciente y constituye el recuerdo del propósito del deseo de cambiar del paciente.

La necesidad de dar respuesta a la insatisfacción, al sufrimiento, a la propia razón de la existencia, es tan vieja como la humanidad. Sólo las formas de abordarla cambian y se van adaptando a la realidad concreta de cada tiempo y lugar. En este sentido, la psicoterapia constituye un nuevo marco o espacio de interrelación humana cuya finalidad es facilitar esta búsqueda de respuestas, este camino hacia uno mismo y hacia los demás dentro de la sociedad en que vivimos.